domingo, 13 de diciembre de 2009

A veces me paro y me pregunto.
¿Cuántas vidas has complicado ya?

Aún no lo sé, he perdido la cuenta, el día que haya que ajustar cuentas deberé más de un siglo de vida feliz y tranquila sin pensar en mí.
Cuando juegas con fuego, el hielo que sujetas entre tus labios, tarde o temprano, se derrite y te acabas quemando. Ardes, arrasas, destruyes. Te consumes.
Es fácil jugar, es fácil pecar, es fácil mentir, es fácil de ocultar.
Si me pesa más la mala conciencia que la mala idea por algo será, o eso espero.
No me busques si a lo que más temes es encontrarme pues siempre tengo ganas de luchar y ahora me muerdo la lengua y los labios, me ato las manos y me sello la boca, para no pecar, para no besar y rozar el alivio prohibido de la venganza impuesta por el reto.
No lo hagas, no quiero encontrarme traicionando a mi orgullo, mi respeto y tampoco a tí.

Mentiría si te dijera que hoy dejé de pensar en tí, te dejé en mi imaginación, por tu bien, por mi paz, y proponía ser la amante sentimental y corporal de cuando en cuando de ese ente que me transita día tras día desde hace ya casi cuatro años, y disfrutar, seguir pecando mientras me adoran y no dejo de adorar a la misma persona, sólo que tras una distancia insalvable a excepción de los hoteles...

Trop à penser, peu à faire.


martes, 8 de diciembre de 2009

Ni pérdidas, ni enfermedades, ni despedidas, ni lágrimas, ni suspensos, indudablemente una de las peores cosas que me han acompañado desde que tengo uso de razón es la envidia. No la que yo profeso, que no pasa más allá de una talla de pantalón, o una cintura, sino la que me persigue allende los mares, y creo que a tí también pequeña Reci, será porque somos como somos, porque no queremos ser de otra forma, ni cambiar, ni dejarnos, aunque nos equivocamos alguna vez, hablo más por mí que no me gusta meter a los demás.
Ser original, ser uno mismo, quererse o al menos intentarlo, parece ser motivo suficiente para los más indeseosos deseos del otro hacia uno mismo, las miradas que crean llagas, y nadie se alegra de verdad de lo bueno que te pueda pasar sino está por debajo de sus propias posibilidades, qué pasa? Por qué ese miedo a no ganar? Por qué nadie se sabe conformar? No es conformar siquiera, más bien valorar, lo que se tiene, a lo que se accede, lo que se cultiva, lo que se gana, lo que se trabaja, lo que se merece.

No puedes esperar ser querida si tan sólo el odio te rodea, si los requisitos para tus caricias son más que un sentimiento un cúmulo de condiciones físicas e ideales que rozan más bien el nazismo que la realidad. No puedes esperar si no sabes dar.

Lo dejo, porque se huele a millas que me acabo de molestar, que cierta persona me acaba de molestar, y en el fondo seguramente no se lo merezca, es un cúmulo de males momentos en este día.

En fin.

jueves, 3 de diciembre de 2009


Me voy porque empiezo a no echarte de menos.

Ese cosquilleo incómodo,
el de no querer contarlo,
el de no querer escucharlo,
el de no querer preguntarlo.
Fruto de inseguridades, esquivamos la realidad, la verdad, luchamos por no esconderla pero no podemos evitar sentir que necesitamos esquivarla.

Pero ya no quiero más, pureza.
Soy yo, era así, seré de cualquier forma.
Es lo que hay, nada que ver seguramente con lo que habrá.

jueves, 26 de noviembre de 2009

¿Por qué te vas?
No lo sé.
¿Es por el trabajo?
No.
¿Por esa bso?
No.
¿Es por él?
Puede ser. No, no lo sé.

¿Por qué me voy?
Por huir, por volver, por resetear.

Aléjate del amor.
Corre, huye.
No te dejes tocar por él, no te dejes embaucar, no te dejes.
Coge la primera oferta, el primer cambio, el primer avión, da igual el destino, todo serán tus favoritos, sé feliz, sola, en la distancia, resetea.

Y cuando vuelva a suceder, vuelve a empezar, puede ocurrir una vez, dos, o puede que ocurra 50 veces dentro del mismo mes, da igual, vuelve a empezar, y cuando en una de esas veces tú te empieces a enamorar también, será ese el momento, recoge, empaqueta, compra un billete, atraviesa el país, cambia de número si lo necesitas ¿cómo te quieres llamar hoy?.



martes, 24 de noviembre de 2009

Tira del cordón que ata la cordura y me viste.
Reposa mi cuerpo sobre cualquier superficie,
horizontalidad o verticalidad, me deja de importar,
lo necesario es que no tenga oportunidad de escapar.

Córtame la respiración presionando contra mí,
curva mi espalda succionando los axones indicados,
ciérrame los ojos introduciendo tus dedos bajo el raso.
Déjame saborearme.

Cállame.
Haz girones de lo que me quede puesto.

Deshazme en tu paladar.