Nos encanta jugar, mirarnos disimuladamente, insinuarnos sin hablar. Sentados en cualquier bar te paso mi ropa interior bajo la mesa. Te atreves con tu mano, juegas con la mía en secreto, pellizcas mis piernas, te muerdes los labios. STOP.
Camino hacia algún lugar aún por determinar nos paramos en uno de los 112 puentes de la ciudad, me asomo, la ciudad se dibuja en la superficie del Odra y tú te agarras a la baranda rodeándome por detrás, siempre sin hablar, me muerdes el cuello, empiezas a apretarme contra tí y o empiezo a convulsionar, gimo, te susurro lo que deseo. Te excitas, casi me atrevo a besarte. STOP.
Me encanta sentir el agua recorriéndome desnuda, invade rincones que desconoces, me acaricia como tú aún no te atreves a hacerlo. Salgo. Has hecho desaparecer mi ropa, las toallas; y te encuentro desnudo, me sonríes, sobre la cama. Me excita la situación, me perturba el límite. Goteando me acerco a tí y me siento encima tuya, estás, estoy, excitado, excitada. Reímos, pienso en cómo sería besarte, piensas cómo sería besarme, nos miramos, susurro, te excitas, me buscas, te busco y casi si nquerer nos besamos furtivamente, jugamos a sufrir. STOP.
JUGUEMOS.
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jueves, 3 de septiembre de 2009
Aquí estoy, nerviosa, ansiosa, dudando. ¿Vendrás no? ¿Bajarás del avión que acaba de aterrizar? Soy un polizón más en este navío de tres pistas, en este mar de gente ansiosa y atenta a las pantallas de televisión.
Hace frío, mucho, para salir de casa y encima de la lencería negra de lazos de raso, llevo una docena de prendas debajo de un abrigo largo, bufanda, guantes, gorro, y el espíritu esquimal que he ido desarrollando aquí.
Empieza a salir gente, visitantes, todos muertos de frío, todos han encongido, te busco, ya te imagino detrás de la puerta esperando a ser el último, aumentado mi angustia.
Así es, sales, te veo, me ves, sin prisas, aquíe estás, te abrazo, fuerte, muy fuerte, como la última vez, pero ahora unos 20 cm de ropa me alejan de tí, no es lo mismo. De camino a casa apenas hablamos, nos miramos, sonreímos, te explico algo de la ciudad, tu me cuentas tus anécdotas del viaje, y llegamos.
Estamos tumbados, bien vestidos, y hablamos, sólo puedo mirarte, sin hablar nos decimos incluso más. Te invito al semidesnudo, necesito abrazarte a tí, nos quedamos así, quietos, tranquilos, me besas el cuello y yo recorro tu espalda sobre la yema de mis dedos erizándote la piel. Dormimos.
Hace frío, mucho, para salir de casa y encima de la lencería negra de lazos de raso, llevo una docena de prendas debajo de un abrigo largo, bufanda, guantes, gorro, y el espíritu esquimal que he ido desarrollando aquí.
Empieza a salir gente, visitantes, todos muertos de frío, todos han encongido, te busco, ya te imagino detrás de la puerta esperando a ser el último, aumentado mi angustia.
Así es, sales, te veo, me ves, sin prisas, aquíe estás, te abrazo, fuerte, muy fuerte, como la última vez, pero ahora unos 20 cm de ropa me alejan de tí, no es lo mismo. De camino a casa apenas hablamos, nos miramos, sonreímos, te explico algo de la ciudad, tu me cuentas tus anécdotas del viaje, y llegamos.
Estamos tumbados, bien vestidos, y hablamos, sólo puedo mirarte, sin hablar nos decimos incluso más. Te invito al semidesnudo, necesito abrazarte a tí, nos quedamos así, quietos, tranquilos, me besas el cuello y yo recorro tu espalda sobre la yema de mis dedos erizándote la piel. Dormimos.
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